Fukushima y el turismo del morbo en la era Instagram

Turistas japoneses en el desastre de Fukushima

Turistas japoneses en Fukushima

Entre los diferentes modelos de viajero encontramos todo tipo de motivaciones, intereses y expectativas. Los hay que buscan unos días de relax en una playa caribeña, otros esperan un fin de semana romántico en Venecia o tal vez una experiencia aventurera en una montaña del pirineo. A todo el mundo le gusta viajar, pasar unos días agradables en un lugar nuevo y hacerse unas cuantas fotos para enseñar a amigos, familiares y desconocidos en cualquier red social. Desde el apogeo creciente de internet y los medios de comunicación ha nacido una nueva motivación para desplazarse a algún sitio en concreto; el desastre. Estar en el lugar exacto donde algo siniestro y macabro ha tenido lugar. Si bien es cierto que unos turistas no viajarán específicamente desde Barcelona o Madrid a Fukushima, si es probable que una vez en Tokio, exhaustos de tanto rascacielo y metro saturado, decidan darse un paseo por el escenario de una de las mayores desgracias de la historia reciente. ¿Realmente está el turista interesado en ser testigo de algo semejante o le mueve el instinto de ser especial, de estar en un lugar donde nadie de su entorno vaya probablemente a estar jamás? Lo cierto es que la foto de uno mismo en un entorno tan devastado va a ganarse unos cuantos “me gusta” y comentarios de todo tipo. Hay otros muchos ejemplos a explorar. De hecho, cualquier lugar en el que haya ocurrido una tragedia masiva ha experimentado un auge espléndido en cuanto a visitantes y fotógrafos amateurs que buscan la captura y el retrato de la calamidad. Las zonas más devastadas en Tailandia por el tsunami de 2004, Phangnga, Krabi o Phuket, han experimentado un aumento exponencial en las reservas hoteleras desde la restauración de los edificios que quedaron completamente inutilizables. De hecho, algunas agencias turísticas promocionan sus paquetes vacacionales haciendo hincapié en el siniestro. También es un caso particular el de Prípyat, la ciudad fantasma ucraniana que se detuvo en el tiempo la noche del 26 de abril de 1986, cuando en la cercana central de Chernobyl se produjo el mayor desastre nuclear de la historia. Desde Kiev y otras ciudades del noreste de Europa, se ofrecen viajes a la zona afectada a turistas de todo el mundo. La posibilidad de hacerse una foto en un lugar como ese no ocurre todos los días, por lo que viajeros con unos billetes de mas, van de cabeza a esas ofertas que les van a conceder una experiencia que contar. En la preciosa ciudad de Mostar, en Bosnia, algunos empresarios, urbanistas y arquitectos de la zona, acordaron que las fachadas de sus edificios siguiesen albergando las numerosas balas que hace casi 20 años fueron disparadas por los chetniks en algunas de las masacres mas inhumanas de la Guerra de Yugoslavia. Por una parte esos huecos tienen un valor histórico innegable, pues son consecuencia de una de las guerras más horribles de la historia, pero lo cierto es que también atraen a muchedumbres que pretenden retratar el horror de esa contienda tan cercana como olvidada.

El Puente Viejo de Mostar, sobre el río Neretva

El Puente Viejo de Mostar, sobre el río Neretva

El caso de Fukushima es especial quizás por ser el más reciente y actual (sigue sin estar claro que pasará con la central nuclear). No hay que olvidar, en ningún caso, la nobleza del pueblo japonés (nominado al premio Nobel de la Paz), que mostró una decencia y comportamiento sin precedentes en la historia de las sociedades. Pero por otra parte, hombres y mujeres de todo el país acudieron a la zona, hasta entonces completamente desconocida para los urbanitas de las grandes metrópolis niponas, con sus smartphones de última generación para retratarse junto al caos y la desgracia que días antes había borrado del mapa a un área entera. No voy a ser yo quién critique las motivaciones de los viajeros que se gastan su dinero, al fin y al cabo, en ir a dónde les plazca. Pero no hay problema alguno en admitir que en cierto sentido nos atrae el horror, siempre y cuando sea ajeno, a la hora de movernos por el mundo y escoger nuestras experiencias turísticas.

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