Dictadores, fútbol y campanas de victoria

Mundial de Italia 1934

Mundial de Italia de 1934

El deporte, como herramienta política para liberar tensiones en tiempos de pre-guerra, nunca les pasó inadvertidos a los dictadores más sanguinarios y crueles del siglo pasado. Del mismo modo que las aficiones ociosas del pueblo romano jamás fueron ignoradas por los poderes en los tiempos de Julio César y compañía. Los eslogans de los regímenes totalitarios europeos se publicitaban en las pancartas de los clubes más influyentes de Alemania, Italia o España.

En, 1934, el dictador italiano Benito Mussolini (fanático del Atalanta) abanderó una larga lista de maniobras ilegales para colocar en el trono mundial a su país, al que había logrado llevar la Copa del Mundo. Tal fue su interés en reforzar la imagen de Italia a través de su potencial con la pelota, que hasta logró que la FIFA expulsara al árbitro de la final. No menos singular fue su ‘compañero’ alemán, un Adolf Hitler que dos años más tarde, aprovechando los Juegos Olímpicos de Berlín, desafió al atleta afro-americano Jesse Owens porque como atleta, había dejado al fútbol en un segundo escalón. El dictador odiaba la pelota, pero no ignoraba el poder que ejercía sobre su pueblo y era aficionado al Schalke04. “Ganar un partido tiene más importancia para la gente que conquistar una ciudad en el Este“, escribió su ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels. Hitler no tardó en actuar porque muchos dirigentes-jugadores desaparecieron, más de 300 fueron hallados muertos y hasta la Federación fue captada por el partido nazi con el fin de manejar los resultados de los partidos.

Esas relaciones inquietantes prosiguieron en el Mundial de 1978, en Argentina. Esa determinación política de ser el epicentro futbolístico, estaba fundamentada en la necesidad de legitimar el proceso iniciado en el país a base de desaparición de personas y de ejecución de un plan económico polémico. Una claro abuso de poder absoluto que hizo que jamás se conocieron los costos del mismo, pero lo que sí se sabe es que este certamen superaría en seis veces lo que se invirtió en el mundial de España de 1982. Dentro del país lo militares habían logrado otro objetivo, ya que la gente disfrutó con todo su fiesta deportiva desde el fanatismo de todo argentino pero, además, con la necesidad de expresar sensaciones contenidas por la mordaza de la dictadura.

Jorge Rafael Videla, dictador argentino, entregando la Copa del Mundo a su selección

Jorge Rafael Videla, dictador argentino, entregando la Copa del Mundo a su selección

Francisco Franco, como español de bien, también era fanático del deporte rey, y más concretamente, del Real Madrid. Desde el anti-madridismo siempre se ha entonado el: ¡Así, Así, Así gana el Madrid!, evocando un tiempo en el que el equipo blanco contaba con el favor del régimen totalitario que gobernaba España con mano de hierro.

Más actual aunque igualmente inquietante es la figura de Arkan Raznatovic, un paramilitar serbio que creó un grupo guerrillero nutriéndose de los hinchas más violentos y nacionalistas de su equipo de fútbol, el Estrella Roja de Belgrado. El ejército fue llamado Guardia Voluntaria Serbia, más conocidos en la posterior guerra como “Los tigres de Arkan”. El grupo estaba formado por unos 10.000 hombres, perfectamente equipados. Todos, reunidos con asiduidad en torno al ‘Pequeño Maracaná’. Podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que las masacres más atroces de la Guerra de Yugoslavia, como Srebrenica o Vukovar, fueron ejecutadas por hombres violentos sin escrúpulos, adiestrados de forma torpe y rápida en un entorno que desarrollaría aún mas su perversión desmedida.

Panfleto publicitario de "Los Tigres de Arkan"

Panfleto publicitario de “Los Tigres de Arkan”

Actualmente parece que no vivimos nada semejante a lo experimentado en el Siglo XX, pero lo cierto es que en Oriente Medio, los grandes jeques y empresarios del petróleo, buscan lavar su imagen a través del fútbol, no sólo promocionándose en las camisetas de los equipos más importantes de las grandes ligas, también organizando el futuro Mundial de Qatar en 2020. Su estrategia es más política y empresarial. Más sutil, por así decirlo. De tal manera que las élites occidentales no se atreven a condenar abiertamente los gobiernos autoritarios de la zona.

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